Creatividad: el producto, siempre primero

Una de las tentaciones en las que podemos caer como creativos es muy común: la de intentar encontrar ese eslogan genial, esa idea o esa metáfora que nos defina y destaque de los demás, por la que podamos ser recordados. No en vano, en el alma de un creativo subyace esa necesidad de comunicación, de expresión, que muchas veces no lo distingue de un artista.

A pesar de que no debemos sentirnos avergonzados por recaer en esta idea, sí es cierto que puede llevarnos a un error más común de lo que pensamos, y que sin duda debemos evitar si queremos llevar a cabo una adecuada comunicación de márketing: el de dejar a un lado el producto, en un segundo plano. ¿Cuántos anuncios no hemos visto, en cualquier formato, en los que al final teníamos la sensación de no saber qué querían vendernos? El problema no está en que no hayamos sabido captar el simbolismo, muchas veces, sino en el hecho de que se la ha dado a éste un protagonismo excesivo, restándoselo al producto en sí. Y esto puede venir bien para generar valores de marca, sin duda indispensables, pero también puede funcionar como un arma de doble filo y hacer que el producto o servicio no se implante en la memoria de los receptores como esperábamos.

Como consejos básicos, debemos intentar evitar que nuestro producto aparezca como algo abstracto o críptico; debe verse bien claro, de la manera más apetecible posible, y lo deseable es que las personas que interactúan con él en el anuncio (si las hay) muestren satisfacción y afecto, valores universales e indispensables que se trasladarán al posible cliente, junto a cualquier otro que queramos transmitir. Busquemos la originalidad, desde luego, pero sin perder el norte de lo que significa realmente un anuncio publicitario.